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El retrato del silencio
Pedro Echegoyen
Cada moneda tiene tres caras. Este proyecto multimedial se divide en tres instancias: el pasado (fotográfica), el presente (audiovisual) y el futuro (literaria). Cada una centra el protagonismo en una de las tres generaciones de hombres en mi familia.
El pasado: una selección de fotografías capturadas por mi abuelo, Jorge Echegoyen, director del departamento de fotografía de la Policía Federal durante la última dictadura militar argentina. Sus imágenes revelan la convivencia tensa entre la sensibilidad de un arte y la determinación de una institución. Mi abuelo se quitó la vida, inaugurando un silencio en la familia. ¿Qué relación hay entre su depresión y el momento histórico que le tocó fotografiar desde adentro? Es una pregunta abierta.
El presente: un corto documental coproducido por el INCAA en el que entrevisté a mi padre y a mi tío —testigos involuntarios de aquel momento— quienes encarnan maneras opuestas y complementarias de convivir con el silencio.
El futuro: cuentos de ciencia ficción que son futuros imaginables. De la misma forma que todo acto del presente deja huellas en el futuro, todo futuro posible deja pistas en el presente. Palabras que me ayudan a sostener la idea de porvenir. Desde chico, mi padre me inculcó a Bradbury, Asimov, Dick. Ese silencio me hizo escritor. Generar historias es mi manera de convivir con el silencio.
El pasado
El presente
El Futuro
1. Un futuro en el que la memoria pueda mancharse
Casi no podía caminar. No me asustó que el podólogo relacione mis síntomas con un “recuerdo poco visitado”. Había probado cosas más raras. Me puso las gafas Quant y me dijo que espere con los ojos cerrados hasta que él me diga “play”. Cerré los ojos y pensé “qué rápido envejeció Black Mirror”.
Play.
Habíamos estado cuatro días en esa casita cerca de la playa. Cuando llegamos, el piso estaba lleno de arena. Nos daba cosquillas caminar con los pies descalzos y sentir la fricción de los granitos. La primera mañana nos levantamos y me di cuenta de que papá y mamá se miraban diferente. Papá se sentó en la mesa y me hizo probar el mate. Me dijo que no me iba a gustar, pero me gustó. Hasta que se me cayó, y la yerba se mezcló con la arena tirada en el piso. Nadie barrió. Fuimos una sola vez a la playa, pero a papá le agarró frío y volvimos. Igual todos queríamos volver. Esa noche papá hizo un guiso. Mamá se puso a leer un libro y yo me hice un mate, sola, sin ayuda. Lo tomaba sentada en el sillón, mientras mis pies jugaban con el piso. El silbido de papá tenía sabor a mate lavado. Yo estaba impaciente porque sabía que mamá estaba a punto de empezar a leerme algo en voz alta, ya casi faltaba nada pero sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. “Se está acabando la batería”, me dijo el podólogo. Las paredes de la casita empezaron a desmoronarse. Poco a poco. El cosquilleo empezó a doler. El recuerdo se desvaneció.
“¡Cerrá de nuevo los ojos hasta que yo te diga play!”.
Me sacó las gafas Quant. Escuché como las guardaba en un cajón y traía otras nuevas. No pude pensar en nada. Me puso otras gafas y me dijo:
Play.
Pero no retomamos en donde se había pausado. Volví a un recuerdo posterior. Mamá ya había leído. Ya habíamos comido el guiso de papá. Ya estábamos volviendo de las vacaciones y la casita se alejaba. Yo quise sacarme las gafas pero el podólogo me agarró de las muñecas.
Estábamos en el coche. En la ruta. Papá fumando. El cielo seguía color naranja y había arena en el piso del auto. Eso me distrajo lo suficiente hasta que el auto tosió muy fuerte y levanté la mirada hacia la ventanilla. Hubo una frenada y todo empezó a suceder en cámara lenta.
Justo en la curva, a través del vidrio, vi venir el silencio, a 120 kilómetros por hora. Papá no lo vió. Mamá tampoco. El contacto fue un impacto. Una tonelada de realidad chocó el costado derecho del coche. Una cámara lenta dilató la escena durante quince Tic. Todo gira. Todo se rompe. Tac. Vuelve a girar y vuelve a romperse. Tic. El tiempo se abolla. Tac. El auto deja de ser eso que era. Tic. Se transforma en otra cosa. Tac. Un garabato que rueda. Tic. Un lavarropas desde adentro. Tac. Todo gira, todo se rompe. Tic. La ventana muestra el suelo, después el cielo, después el suelo. Tac. La máquina se apaga, el portal se cierra. Tic. Hay un auto arrugado en la banquina. Tac. Un garabato estacionado en la rutina. Tic. Papá nunca dejó de fumar. Tac. Mamá nunca de nuevo nada. Tic. Me saqué las zapatillas y caminé descalza hasta el presente. Sobre arena filosa y yerba transparente.
Stop.
Pagué 30 dólares con el QR de Mercado Pago.
Los pies nunca dejaron de dolerme.
2. Un futuro diferente
Es verdad que todos tenemos una parte visible y otra que ocultamos. Es mentira que la segunda nos defina más que la primera. Si uno vive, contagia vida. Si uno dura, endurece.
Todos tenemos secretos, y Roberto decidió decir el suyo ni bien despertó del coma. A ella le bajó la presión y casi deja caer al bebé en el piso. Minutos después, en la sala de espera: “Ese no es mi esposo”, me susurra mientras se aguanta el llanto. Los nenes dejan de correr. No entienden, pero entienden.
—¿Podemos entrar? —pregunta la nena, representando al comité de baja estatura.
—Papá tiene que descansar —contesta la madre, con el llanto acomodado en la garganta.
Horas después, en mi habitación. Le doy chirlitos¹ a la gelatina con la cuchara de plástico, mi parte preferida del almuerzo. La enfermera que habla de Dios trae a Roberto en una silla de ruedas y lo acuesta. Roberto mira el techo, concentrado. Ni me saluda.
—Che —le digo.
No deja de mirar el techo. Me muestra la palma de su mano, como pidiendo que no lo distraiga.
—Che —insisto.
—Shhh.
Guardo silencio y termino mi gelatina. Estoy cansado, me duermo una siesta y, al despertar, veo a Roberto igual, mirando el techo concentrado.
—Che —insisto.
—Shhh.
Empiezo un crucigrama. Lo termino. Empiezo otro crucigrama. La palabra empieza con “e” y tiene una “f” en el medio: “Revelación súbita que aclara una idea o verdad oculta”.
—Necesito más —dice Roberto, con una voz que no es la suya. Me doy vuelta. Lo veo mirarme con determinación.
—¿Más qué?
—Más de eso que me dieron.
—¿Te sentís bien?
—Me siento mejor que nunca.
—Acabás de salir de un coma —le miro el rostro buscando pistas.
—No fue un coma, estaba durmiendo. Pero soñé cosas muy… —se interrumpe a sí mismo— dijiste que era éxtasis, eso no era éxtasis.
—No sabemos qué es.
—Es un milagro.
—Casi te morís.
—Yo ya estaba muerto.
—¿Eh?
—Hace 20 años que estoy muerto.
—Tu mujer me dijo que…
—Fue cruel.
—¿Qué cosa?
—Fui muy directo, pero no puedo perder más tiempo. —se reclina sobre su cama y se sienta, dándome la cara—. Le dije que no la amaba y que no había manera de que podamos reconstruir el vínculo.
Tuve que preguntar otra obviedad:
—¿Lo primero que le dijiste a tu mujer después de despertar de un coma era que no la amabas?
—Y que era imposible reconstruir el vínculo —me dice, y yo pienso: ¿desde cuándo Roberto usa palabras como “vínculo”?
—¿Y cómo lo sabés?
—¿Qué no la amo?
—No, lo otro.
—Que es imposible reconstruir el vínculo.
—Estás hablando raro.
—Trato de ser preciso.
—Me dijo ella que vos eras otra persona.
—Soy otra persona.
—Pero seguís siendo Roberto.
—Soy otro Roberto.
—¿Y por qué sos otro?
—Por los sueños.
—Los sueños del Warpi², yo también tomé y sigo siendo el mismo.
—Qué lástima.
—¿Qué soñaste vos?
Él se queda pensando un buen rato.
—Es difícil de explicar.
—Yo los míos los escribí.
—Pero vos no… Vos no estuviste donde estuve yo.
—¿En dónde?
—Es difícil de explicar.
Me impaciento:
—¿Querés más pastillas? Tratá de explicarme lo que soñaste o no te vendo más.
Roberto piensa. Roberto titubea. Roberto arranca.
—Hay mucho que no podría describir con palabras, pero, a ver. En pocas palabras, creo haber visto el tiempo.
“Tuvo un brote psicótico”, pienso, mientras él continúa entre titubeos.
—Es como si fuesen oleadas de experiencia. A ver, seguime con esto: imaginate que tu vida es un rompecabezas. Y cada instante de tu vida es una pieza de ese rompecabezas. ¿Me seguís?
—Te sigo.
—Bueno, en ese caso, el instante actual, este minuto, las 13:44. Este minuto es una pieza del rompecabezas, y las decisiones que tomás en este minuto cambian el color de esta pequeñísima pieza dentro de un rompecabezas enorme que es tu vida entera. ¿Me seguís?
—Creo que sí, pero no entiendo qué tiene que ver con tus sueños.
—Es la mejor forma de explicarlo, tratá de seguirme.
—Te estoy siguiendo, no es tan complicado. Cada minuto es una pieza, la vida entera es el rompecabezas entero.
—Y si vos te tirás por la ventana, el color de esta pieza es diferente al color que sería si continuamos esta conversación.
—¿De qué color?
—No importa. Lo importante es que la pieza cambia de color según tus acciones. ¿Me seguís?
—Te sigo.
—Bueno, obviamente hay una parte del rompecabezas que ya se armó. El pasado, lo ya vivido, sería esa parte fija del rompecabezas, la que no podés cambiar. Todas esas piezas que ya están encastradas constituyen la memoria de un ser humano. Y cada instante vivido afecta de modo directo o indirecto las piezas de tu futuro.
—Ahí me perdí.
—Digamos que, si vos nunca estudiaste medicina, es prácticamente imposible que extraigas un apéndice. Pensalo en piezas de rompecabezas que van formando un paisaje. Si llegaste a la mitad de tu vida generando piezas que forman el dibujo de una playa, es imposible que al terminarla dejes un bosque sobre la mesa. Con suerte, podrás tener una playa arbolada. La vida de un anciano ya está prácticamente dibujada; la vida de un bebé es potencia pura.
—¿Y los sueños…?
—Ya vamos con los sueños. A lo que voy es: cada minuto cuenta. Cada ínfima decisión afecta de modo directo al resto de tu vida.
—¡¿Qué soñaste, Roberto?!
Hizo un breve silencio. Me miró fijo a los ojos.
—Todos los rompecabezas que podía armar con mi vida. O por lo menos más de mil, no sé.
—No estoy entendiendo nada.
—Te dije que era difícil.
—Seguí.
—Eran olas que venían y me llevaban a cada posible conversación con Claudia después del coma. Cada versión de esa conversación generaba una versión diferente del resto de mi vida. Vi muchísimos rompecabezas
—Pero ¿cómo vivías el resto de una vida, si estuviste en coma menos de 24 horas?
—Vivía instantes muy precisos que, de alguna manera, me hacían entender esa versión del resto de mi vida. Si la charla con Claudia era sobre mi salud, la ola me llevaba al olor de una flor de Santa Teresita dentro de 20 años, y de alguna manera me daba cuenta de que esa vida no era para mí. Que tenía que hablar de otra cosa con Claudia ni bien despierte. Entonces vivía la misma charla, pero ahora hablábamos del clima, y entonces la ola me llevaba a un atardecer de pesca en San Luis dentro 4 meses, y de alguna manera me daba cuenta de que esa vida tampoco era para mí. De esta manera viví miles de versiones de esa misma conversación que me llevaron a miles de versiones del resto de mi vida. Hasta que la ola me llevó a la conversación en la que le decía que no la amaba.
—¿Y a dónde te llevó esa ola?
—A este momento.
—¿Vos viviste esta conversación conmigo en tus sueños?
—Exacto. Cuidado con el vaso.
“Está loco”, pienso, “pero qué buena conversación para escribir”. De la nada me viene un estornudo. Tiro el vaso de la mesita de luz en el espasmo. Agarro la lapicera y escribo “epifanía” en el crucigrama.
Notas
¹ Chirlitos (lunf.): cachetadas en la cola dadas a otra persona en un contexto sexual. Dim. afectivo de chirlo.
² Warpi (jerga, conurbano bonaerense): droga de supuesto origen indio consumida en algunos barrios del conurbano de la provincia de Buenos Aires, con efectos alucinógenos y afrodisíacos.
Pedro Echegoyen
Pedro Echegoyen nació y creció en Quilmes, provincia de Buenos Aires. Tiene 31 años y es un escritor de comedia dramática seleccionado por el INCAA entre más de 300 postulantes para ingresar a la ENERC, la escuela de cine más prestigiosa de Argentina. Allí se recibió en Guión Cinematográfico en 2023. Fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes en la convocatoria Becas Creación por el proyecto Capitán del Espacio. Trabajó como guionista para la consultora System and Function desarrollando guiones de videojuegos, y publicó artículos en las revistas Todo en bondi y Espartaco Revista. Se formó en dramaturgia con Cecilia Propato y realizó clínicas de obra con Tomás Downey y Luciano Lamberti. Actualmente cursa el taller de dramaturgia de Tomás Masariche en el Grupo BESA y participa en proyectos audiovisuales junto a Nicolás Smudt.
Su abuelo, Jorge Echegoyen, formó parte del departamento de fotografía de la Policía Federal Argentina durante la última dictadura militar, y ganó el concurso institucional para diseñar el escudo de la fuerza. Tras un prolongado episodio depresivo, se quitó la vida en 1982. Ese silencio es el origen de este proyecto.
Licencia Creative Commons Atribución, No Comercial, Sin Derivadas (CC-BY-NC-ND).
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