Las bubis como estigma.

Alondra Castro

Este ensayo explora cómo las normas sociales afectan la percepción del cuerpo. A través de una experiencia personal comparto cómo los cambios físicos en la adolescencia me hicieron objeto de acoso y críticas, llevándome a enfrentar la presión de encajar en estereotipos de belleza y feminidad y eliminar el acoso que la sociedad ejerce sobre los cuerpos. Tras someterme a una cirugía de reducción de busto me di cuenta de que la verdadera liberación no está en cumplir expectativas externas, sino en apropiarme de mi cuerpo. El texto resalta que cada cuerpo en su diversidad es perfecto y válido. Luchar por la naturalidad y reconocimiento de la diversidad de las formas del cuerpo implica reivindicar nuestra autonomía, respetar su historia y desafiar las normas impuestas es un acto de afirmación personal que prioriza lo que nos hace sentir bien, alejándonos de la necesidad de validación externa y promoviendo una aceptación genuina de todas las formas de ser.  

Palabras clave: Feminidad, violencia estética, autonomía corporal, estereotipos de género, diversidad corporal. 

¿Por qué tener pensamientos negativos sobre nuestros cuerpos? El cuerpo es y funciona como tiene que funcionar para que podamos tener una vida y ser felices, tristes o enojados. Nuestro cuerpo nos permite experimentar la vida tanto en sus momentos más felices como en los más difíciles, pero una vez que tu cuerpo empieza a cambiar comienzan a aparecer ideas de que tu cuerpo no es como los demás dicen que debería de ser. No importa que funcione bien; ahora lo único que parece importar es que sea “bello”, como si esto no fuera subjetivo. Esta insistencia de ajustarse a un ideal estético, sostenido por narrativas, prácticas e instituciones que discriminan y presionan a las mujeres, constituye una forma de violencia estética (Pineda, 2021, p. 109).  

El cuerpo se convierte en un campo de batalla despojado de su historia. Las expectativas impuestas según nuestro género, raza o contexto, nos sumergen en un ciclo constante de juicio y rechazo. No importa lo bien que funcione; lo que importa es cómo se ve y cómo encaja a donde vayamos. Nos hacen sentir que necesitamos diferentes cuerpos para cada situación, creando una presión constante. 

Mi madre, por ejemplo, enfrentó el cáncer y perdió ambos senos pero eso nunca cambió su fortaleza ni su manera de ver la vida. Esa historia de lucha me marcó. A lo largo de mi vida las mujeres de mi familia me enseñaron a ser resiliente, pero nadie me preparó para el tipo de lucha que enfrenté con mi propio cuerpo. 

En la adolescencia mi cuerpo cambió de golpe. Un día era una niña, y como si hubiera hecho brujería al día siguiente desperté con unas bubis copa D que atrajeron una atención que no estaba lista para manejar. De repente lo que yo era dejó de importar,  las personas a mi alrededor comenzaron a verme como “la chichona”. De inicio solo tuve que aguantar miradas incómodas a las cuales se le sumaron toqueteos en la calle, insultos de otras mujeres y un juicio constante sobre cómo debía lucir. Vaya, ahora no solo era yo, sino mis bubis y yo, ellas todas protagonistas, y mis esfuerzos, valores o logros pasaron a segundo plano. 

Muy independientemente de que duela la espalda con una copa D en un cuerpo de 1.50 cm, mi espalda comenzó a encorvarse. Me vestía con ropa demasiado grande, intentaba esconderlas a toda costa. Lo que debería haber sido un privilegio, sentirme orgullosa de mi feminidad, se convirtió en una carga que ya no quería llevar. 

La decisión de operarme no fue fácil. Quería liberarme de ese peso, pero al mismo tiempo traicionaba algo dentro de mí, entrando en un ciclo donde pensaba en las opiniones de todos, menos en las mías. Viví rodeada de juicios: unos me criticaban por no aceptar mi cuerpo; otros no comprendían mi necesidad de cambiar. Incluso después de tomar la decisión de operarme, seguían cuestionándome. Mi entonces novio me reprochó no haberle pedido su opinión, estaba enfurecido y cuando finalmente lo hice, me dejó. Lo mismo sucedió con algunas “amigas” que no tardaron en contar mi decisión a otros de una manera insensible. En casa, mi papá no hablaba del tema. Recuerdo que cuando regresé a mi casa después de la cirugía ni me miraba a los ojos, supongo que nunca me entendió. Visto de otra forma, me rodeaba de una sociedad que rechaza la naturaleza, excluye a quienes renuncian a la homogeneización estética y reprueba la indiferencia, la insatisfacción con nuestro cuerpo se ha vuelto una constante, y el canon de belleza se ha convertido en la principal fuente de frustración y culpa (Pineda, 2021, p. 127) 

Aun así no todo fue negativo. Las mujeres de mi familia, siempre fuertes, me apoyaron incondicionalmente. Y aunque suene trivial, llevar bubis grandes es una carga pesada, no solo física, sino emocional y social. Mi cuerpo no solo me estaba afectando a mí, sino también la manera en que las personas me trataban, las oportunidades que tenía y las experiencias que podía vivir. 

La cirugía fue el inicio de un proceso más profundo: el de aprender a escucharme. Ya no se trataba de si mis bubis eran grandes o pequeñas, sino de cómo me sentía. Comencé a enfocarme en lo que yo quería, porque ahora ya con la cirugía hecha tenía que lidiar con las cicatrices que me dejo, y eso me hacía sentir peor, pensaba que ya nadie iba a querer intimar conmigo, que tendría que lidiar con el hecho de dar explicaciones del porqué de la noche a la mañana mis bubis eran pequeñas. “ La mente de arriba manipula todo el cuerpo, quiere mandar y controlar desde las alturas más finas” (Zigarra Roja, 2015, p. 23). 

El tamaño de mis bubis no cambió la manera en que el mundo me trataba, pero sí me permitió ver que mi cuerpo en cualquiera de sus formas, siempre ha sido el correcto para mí. Hoy reconozco mi cuerpo como un territorio único, testimonio de resistencia y transformación. He aprendido a cuidarlo, escucharlo y respetar su historia, entiendo que su valor no está en cómo encaja en los estereotipos de belleza y feminidad, sino en cómo sostiene mi vida y mi identidad. Compartir la historia de mis bubis es una forma de cuestionar las imposiciones que pesan sobre nuestros cuerpos. 

La diversidad de los cuerpos es nuestra fortaleza, cada cuerpo en su forma y esencia, tiene el poder de sanar, pelear batallas y ser nuestra ancla en momentos de dificultad. Vivir en armonía con nuestro cuerpo no es solo una elección personal, es una forma de resistencia frente a un sistema que constantemente intenta dictarnos cómo ser. Al final, lo importante es sentirnos bien en nuestra piel, abrazar nuestra autonomía y celebrar la increíble diversidad que nos hace libres. 

Fuentes consultadas

Pineda, E. (2021). Bellas para morir: Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer. Prometeo. 

Zigarra Roja. (2015). PolÉticas de cuerpo. Perú: Verano Perpetuo. 

Alondra Castro

Soy Alondra Castro, diseñadora, comunicadora visual y artista plástica apasionada por el arte y la cultura. Mi trabajo se enfoca en crear proyectos que conecten a las personas con el arte desde una perspectiva solidaria e incluyente, ya que creo firmemente que el diseño y el arte son herramientas que contribuyen positivamente a la sociedad. A lo largo de mi trayectoria he buscado fusionar el arte y el diseño para crear obras que generen impacto en mi entorno. Esta visión me ha permitido participar en exposiciones colectivas y realizar proyectos personales enfocados al diseño y el arte. 

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